39. 15M

Siempre sospeché esto. Alguna vez he querido imaginar que, de encontrarme yo en el Mayo del 68, tomaría las calles junto a otros compañeros, correría frente a la policía y me sentiría orgulloso de defender la libertad. Pero otro pensamiento -menos romántico y exaltado- me decía que yo soy, y sería en cualquier época, un cobarde, y que lo que haría en realidad sería quedarme al margen, y si acaso, acercarme un poco a las zonas calientes para mirar el asunto con distancia.

Y así ha sido con el 15-M.

Pero lo que he visto y oído tampoco me ha conmovido hasta el punto de hacerme sentir culpable (como también llegué a creer). No me sentí especialmente mal pensando que otros jóvenes tomaban la plaza mientras yo me quedaba en casa y me limitaba a pasar por allí alguna vez. Como si muchos de esos jóvenes que toman la plaza lo hicieran por eso mismo, porque  son jóvenes, porque algo por dentro que les dice que hay que rebelarse, porque están necesitados de emoción, de pasiones, por envidia de todas las historias que han oído del 68 y porque sentir que se está desafiando al poder establecido es una sensación terriblemente excitante. Pero no porque realmente tengan un plan, ni sepan a dónde quieren ir, ni qué conseguirán exactamente con salir a la plaza, aparte de ese sentimiento generalizado de juventud y la ilusión de que cambiarán las cosas.

A veces me gustaría ser una persona más efusiva, emocionarme intensamente con las manifestaciones del 15-M, ser una parte más importante de ellas, sentir yo también que estoy haciendo algo bueno. Pero no puedo, aunque me gustase, aunque lo desee, mirar el 15-M con esta luz. Me gustan muchas de las cosas que proponen, estoy de acuerdo con los cambios que quieren hacer en política y sociedad (¿y quién no, tal como están las cosas?); pero aparte de sus buenas propuestas, no sé nada más, y creo que ellos tampoco. Cómo lo pretenden hacer, con qué medidas actuar -aparte de salir a la calle- para alcanzar sus justas propuestas. Da igual. Salir a la calle es emocionante. Las noticias que les llegan de que la policía está desalojando otros lugares les dan aún más ánimos para seguir, y más enconados son sus ánimos cuanto más violentos son los desalojos. Es como una especie de serpiente que se muerde la cola. En el fondo les estimula la policía, necesitan saber que van contra las fuerzas del orden para alimentar así esos sueños revolucionarios que yo también quisiera compartir. Durante una de las asambleas, uno de los organizadores habló de cómo en París la policía cargaba en esos instantes contra los manifestantes, y el público enardecíó.

Yo estuve en esta última asamblea (aunque deben de realizarse a diario). Cualquiera podía coger el micrófono y hablar. Me parece una buena idea, que se dé voz a la gente, que uno pueda expresar frente a una audiencia más amplia aquello que le irrita o preocupa y que por regla general sólo comenta con familia o amigos (en Londres tienen el speaker’s corner). Pero la inmensa mayoría de gente que hablaba no decía nada realmente interesante -se percibía en muchos la extraña emoción (de nuevo, la emoción) de tener un público y recibir unos aplausos; y tal vez por eso se animaban a hablar, y no por el contenido de su mensaje-. Caían en la misma demagogia y palabras vacías en las que caen todos los políticos a los que se oponen. Casi todos decían que estaban muy contentos de formar parte de eso y que había que seguir luchando; y ante esta simpleza tan evidente, este formalismo, que no proponía nada en el fondo, el público arrancaba en aplausos. Y cuando se proponía algo era en términos vagos: “Hay que hacer una ruptura, hay que cambiar el sistema”. La gente también aplaudía (aplaudían por casi todo, en realidad) ante las defensas a lo ecológico y las críticas a las grandes multinacionales. Vítores surgían cuando alguien decía algo como “Por fin me siento orgulloso de ser de esta tierra”, o cuando (con cierto tono presumido algunos) hablaban de cómo habían estado en las manifestaciones de otras ciudades, y cómo aquello debía permanecer. Un hombre recibió una lluvia de aplausos simplemente tras presentarse como agricultor. A veces los oradores gritaban, animados ante la presencia de público, sin que por ello sus palabras tuviesen más significado, y ante estos gritos que aparentaban convicción también se aplaudía. Sin embargo, defender que no habia que hacer ruptura, sino remodelar algunas cosas, o la mención a la evidencia de que algún día la plaza tendría que desalojarse eran recibidas con tibieza. La gente prefería posiciones más extremadas. Bajo sus adoquines estaba la playa, pero yo era incapaz de verla.

Un hombre, que defendió con vehemencia sus posiciones antimonárquicas,  quedando así ante el público libre de sospecha antes de entrar a la segunda parte de su discurso; expresó con convicción (sin duda había actuado de orador en más ocasiones) que él, tras 15 días de manifestación, no sabía dónde iba aquello. Fue su intervención de la que saqué más en claro, la que dijo algo que invitaba a la reflexión, más allá de soflamas.

Me alegra de que la gente haya salido a la calle, me gusta que por fin se muestre indignación, actitud combativa frente a muchas de las injusticias que vienen de arriba, pero yo, como ese hombre, no sé cómo terminará esto, y he oído muchas palabras huecas. Yo también quiero entusiasmarme, sentir que estoy contribuyendo a cambiar el mundo, pero por mi apatía, mi cobardía, no sé.

No sé.

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