38. Mi facultad es una broma

El tribunal encargado de dar las notas de los fines de carrera está compuesto en su mayor parte por grandísimos hijos de puta, pedantes, pomposos e infatuados, que merecerían morir de la forma más absurda y cruel posible y ser luego mutilados, escupidos y defecados. Sus bocas pronuncian tantas gilipolleces y falsedades que el mejor uso que se les podría dar es el de agujero fecal en una cochiquera.

Ojalá todos los días, en algún lugar del mundo, haya alguien cagándose en su puta existencia. Pagaría por ello religiosamente, igual que los católicos pagan porque se den misas en honor de alguien.

Cretinos con ínfulas de grandeza, gilipollas, os creéis alguien sólo por poder joder sin ninguna dificultad a los estudiantes de una facultad provinciana y paleta, donde quien mejor sepa lamer el culo a la persona adecuada tiene el futuro asegurado.

Cabrones hipócritas, que decís defender una cosa justo cuando estáis demostrando la contraria (“No te creas que aquí queremos dar una idea predeterminada de cómo debe ser un proyecto”). Maldigo todo lo que sois y representáis. Allá os pudráis: vuestros cadáveres serán tan hediondos que no los aceptarán en ningún cementerio, ni siquiera servirán como abono para la tierra más miserable, y lo mejor que se podrá hacer con ellos será dejar los huesos esparcidos sobre algún lugar deshabitado, para que los animales se orinen sobre ellos.

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